T-MEC: Matrimonio por Conveniencia

El pasado 12 de agosto fui invitado a participar como ponente en un Foro organizado por el Colegio de Economistas Metropolitanos de la Ciudad de México, cuyo Presidente es Joaquin López Martínez para comentar sobre la importancia del T-MEC e inicié mi participación señalando que México y Estados Unidos sostienen una relación que ninguno de los dos eligió libremente, sino que la geografía y tres décadas de integración productiva impusieron y en el que ambos cónyuges se quejan del otro todos los días, pero ninguno se atreve a pedir el divorcio porque saben, en el fondo, que sería catastrófico para los dos. Eso es, en esencia, el T-MEC: no un romance, sino un arreglo que conviene gestionar con cabeza fría, sin ingenuidad, pero también sin la tentación de tirarlo por la borda cada vez que hay una fricción.

Hoy circula un discurso, de un lado y del otro de la frontera, que minimiza la importancia de este tratado. Del lado estadounidense se dice que México “solo” exporta, que le quita empleos a Estados Unidos, que es un problema de seguridad más que un socio. Del lado mexicano, algunos sugieren que ya deberíamos “voltear a otro lado”, como si veinte años de integración productiva pudieran sustituirse en un par de sexenios. Ambas visiones son cómodas y ambas son falsas.

Los datos duros más recientes muestran lo contrario. Empecemos por el tamaño del vínculo. Al cierre de 2025, la región de Norteamérica concentró 86.4 por ciento de las exportaciones mexicanas, según cifras de la balanza comercial de Banco de México, con Estados Unidos absorbiendo 83 por ciento de las ventas externas del país. Y el vínculo no es unidireccional, aunque así se presente en el debate político estadounidense, de acuerdo con la Oficina del Censo estadounidense, en 2025 México se convirtió, por primera vez desde 1994, en el principal comprador de las exportaciones de Estados Unidos, superando a Canadá. El comercio bilateral total alcanzó un récord histórico de 872,834 millones de dólares, equivalente a 15.5 por ciento de todo el comercio internacional estadounidense. Como verán México no le compra poco a Estados Unidos: le compra más que cualquier otro país del planeta.

La industria manufacturera mexicana, motor de esta relación, representó 21.4% del PIB nacional en 2025, de acuerdo con el INEGI, con la fabricación de equipo de transporte y la industria alimentaria como sus dos subsectores más importantes. la inversión extranjera directa hacia México cerró 2025 en un máximo histórico de 40 mil 871 millones de dólares, según la Secretaría de Economía, un crecimiento de 10.8% respecto al año anterior y el quinto año consecutivo de récord. Estados Unidos, con 15 mil 877 millones de dólares, se mantuvo como el principal origen de esos capitales.

Quien diga que el T-MEC ya no importa tiene que explicar por qué, en medio de una guerra arancelaria global, México tiene mantiene un esquema tarifario preferencial.

Ahora, pongamos el reflector sobre el otro lado del argumento: qué pasaría si esto se rompiera. No hace falta imaginarlo con escenarios apocalípticos; basta con revisar lo que ya está costando la sola incertidumbre. Un análisis de Citibanamex, difundido este año, estimó que la incertidumbre en torno al futuro del T-MEC restó 0.3 puntos porcentuales al crecimiento del PIB mexicano el año pasado, es decir, más de 5 mil millones de dólares que simplemente no se generaron, sin que el tratado se haya roto todavía.

Por su parte la firma Ernst & Young calculó en febrero de este año que, en un escenario de ruptura efectiva del tratado, los aranceles promedio que enfrentarían las exportaciones mexicanas subirían de un nivel efectivo cercano a 9% actual hasta 17%, y que el PIB de México se contraería 0.7% adicional en 2027 solamente por esa vía. Y esto sin considerar que, fuera del paraguas del T-MEC, México quedaría sujeto a las reglas de nación más favorecida de la Organización Mundial del Comercio, con aranceles que en productos industriales rondan entre 2% y 5%, pero que en sectores sensibles como el agrícola pueden llegar hasta 20%.

Pero, reducir la relación derivada del tratado a una simple tabla de aranceles sería un error, porque el T-MEC no es solamente comercio: es geopolítica. Y en geopolítica, México y Estados Unidos comparten más intereses de los que el ruido mediático deja ver.

El primero es el más evidente: reducir la dependencia conjunta de Asia. El nearshoring no es una moda pasajera, es una respuesta estructural de Norteamérica a la concentración excesiva de cadenas de suministro en un solo continente. Cada fábrica que se relocaliza en la región, en lugar de en el sudeste asiático, fortalece la resiliencia productiva de todo el bloque, no solo la de México.

El segundo es la seguridad fronteriza y la gestión migratoria, donde México ha actuado, lo reconozcan o no del otro lado, como un socio activo de contención. Y el tercero, quizás el más delicado, es el combate compartido al tráfico de drogas y armas, un problema que no se resuelve unilateralmente porque el consumo está de un lado de la frontera y las rutas de producción y tránsito del otro.

Este es el argumento que México necesita saber colocar con más fuerza: no somos el problema de la seguridad y la competitividad de Estados Unidos, somos parte indispensable de su solución. Un México estable, con empleo formal creciente y cadenas productivas integradas, es un México con menos incentivos para la migración irregular y con más capacidad institucional para combatir al crimen organizado. Presentar a México únicamente como fuente de riesgo es, además de injusto, contraproducente para los propios intereses de seguridad de Estados Unidos.

Dicho esto —y aquí viene la parte que nos toca a nosotros, no a Washington— México no puede quedarse solamente en el discurso de “somos indispensables”. La indispensabilidad sin inversión y seguridad jurídica se erosiona. Nuestro país necesita construir autonomía estratégica dentro de la relación, no fuera de ella.

Eso significa, primero, invertir en la infraestructura que hoy nos limita—apenas 35 por ciento de sus carreteras y 20 por ciento de sus puertos tienen capacidad para comercio intercontinental, según la Secretaría de Comunicaciones y Transportes—, no podemos aspirar a diversificar mercados con la infraestructura logística de hace más de veinte años.

Significa, segundo, invertir en energía limpia y confiable, porque ninguna cadena de manufactura avanzada se relocaliza hacia un país que no le garantice electricidad estable. Significa, tercero, subir en la cadena de valor: transitar del modelo de ensamble y dejar de competir solo por mano de obra barata y empezar a competir por diseño, ingeniería e investigación y desarrollo, para que cada dólar exportado tenga más contenido mexicano y menos insumos importados, muchos de ellos todavía de origen asiático.

Y significa, cuarto, diversificar mercados sin fantasear que con eso se sustituye a Norteamérica. Es tan simple como tener en cuenta que América Latina, la Unión Europea, la Alianza del Pacífico, el Acuerdo Integral y Progresista de Asociación Transpacífico, todos son espacios donde México puede y debe ganar presencia sin duda alguna. Pero ninguno de ellos, ni todos juntos, sustituye en el corto o mediano plazo un mercado que hoy absorbe más del 80% de nuestras exportaciones. Diversificar no es divorciarse; es dejar de depender de una sola fuente de ingreso.

Dicho lo anterior, también hay que hablar con honestidad del riesgo de fondo, el que trasciende esta ronda de negociaciones: vivimos la fragmentación de un orden mundial donde Estados Unidos ya no es el poder geopolítico incuestionable frente a China que fue hace dos décadas. En ese mundo fragmentado, la dependencia mexicana del mercado estadounidense —más de 80% de nuestras exportaciones— es simultáneamente nuestra mayor fortaleza y nuestra mayor vulnerabilidad. Fortaleza, porque nos ancla al bloque económico hasta ahora, más grande y dinámico del planeta. Vulnerabilidad, porque cualquier recesión, cualquier giro proteccionista brusco en Washington, se transmite a la economía mexicana casi sin filtro y casi sin margen de maniobra de corto plazo.

Por eso la tarea de México no es elegir entre Estados Unidos y el resto del mundo. Es en mí opinión exactamente lo contrario: profundizar la integración norteamericana donde nos conviene, mientras construimos, con paciencia y sin urgencia electoral, opciones reales fuera de esa dependencia. Sustituir importaciones de insumos y componentes, particularmente los que hoy vienen de Asia, no es un capricho nacionalista: es la manera más directa de fortalecer nuestras propias reglas de origen dentro del T-MEC y, al mismo tiempo, reducir nuestra exposición a una guerra comercial entre otros dos países que simplemente no controlamos.

 

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